viernes, 21 de agosto de 2009

Va llegando el momento

-Dios pedirá cuentas al final - [...] Y yo diré: «Durante una época de mi vida permanecí mirando al viento y me olvidé de sembrar; no disfruté mis días, ni siquiera bebí el vino que me era ofrecido. Pero un día me juzgué preparado y volví a mi trabajo. Relaté a los hombres mis visiones del Paraíso, como el Bosco, Van Gogh, Wagner, Beethoven, Einstein y otros locos lo habían hecho antes que yo.»

(Paulo Coelho - Verónica decide morir)

Va llegando el momento

jueves, 20 de agosto de 2009

El día de hoy

El día de hoy avanza bastante lento. Toda mi habitación me mira, esperando de mí algo parecido al luto.

La luz que amenaza con colarse por mi ventana es contundentemente frenada por el estor celeste. Sólo unos minúsculos rayos se cuelan recordándome que es de día, que es el día. Los pensamientos de mi maceta esperan pacientes a ser plantados. «No es tiempo de pensamientos» me vuelvo a decir como aquel día, y aún lo creo. Los papeles, esparcidos por la encimera esperando pacientes a ser recogidos saben que hoy no va a ser su día de gloria y que quedarán ahí para mañana o quizás pasado mañana. Un tropel de discos que acompañan a estos papeles me preguntan a gritos desde el silencio: “¿Hoy no hay música?”. Pues  no, no la hay, en ningún sitio. He discutido hoy con el teléfono. Demasiadas malas nuevas, demasiados pésames me atacan de nuevo, así que he decidido prescindir de él en un arrebato de libertad. Le di la vuelta al muñeco de trapo, no soporto que me sonría. Una brisa de aire consigue romper la barrera de mi estor en ciertos momentos y mueve al aviador colgado del techo de mi cuarto, con deseos de escapar esta noche, pero irremediablemente preso junto a mis estanterías. Mi cama, deshecha espera que vuelva a hundirme en su centro y -dormir, hacer humo el sueño y olvidarme del mundo por miedo a despertar-* Un par de libretas con canciones a medio hacer reposan sobre mi mesilla de noche junto a La Biblia, el reloj que me regalaron en Puerto Rico, las llaves de mi coche y la rodillera anatómica. También las libretas saben ando débil de verso y prosa y que no es su turno. Sobre el equipo de música un marco de metal con una foto “en misión” y una foto de las últimas de carnet de mi abuelo, y con ella su recuerdo.

Y así pasa el día en mi habitación. Silencioso, lento, melancólico. Como yo.

 

* “El virus del miedo”, de Ismael Serrano

miércoles, 19 de agosto de 2009

Durante estos siete días

Aviso al lector: Puede usted no entender gran parte de esta entrada. Es complicado contarlo. De hecho aún estoy asimilando todo lo que ha pasado en estos 7 días transcurridos.

 

Como siempre la muerte y la vida se entremezclan y eres capaz de sonreír en estos momentos tan grises (este color que detesto desde hace muchísimo tiempo).

La pérdida de mi abuelo, que no es tal si no ganancia, quiero creer y creo, da paso al valor para la despedida con un “ya nos vemos arriba” entre lágrimas y un último vistazo. Después llega la soledad de una sala y una noche en vela, las llamadas telefónicas, el aguantar el llanto y dejar que lloren los demás, el ver a familiares “no habituales”, el cansancio y la falta de fe. Y amanece (Siempre sucede), y me enfrento a la muerte con la vida que me regala el día. Estoy más sereno, resignado, y decido poner a Dios al corriente de todo y empiezo a mover la misa de funeral. Vuelvo a casa a ducharme y lavar las penas, para que estén limpias a la tarde para usarlas. Entonces vuelvo al cementerio y llegan al fin mis visitas, esas que creí no llegar a ver por allí y que guardaron día de silencio haciéndome sentir el abandono a Dios. Me abrazan, los abrazo, les cuento, empiezan a empañárseme los ojos, me vuelven a abrazar… Así descubro que me acompañan en el camino y renuevo mis fuerzas, suficientes ahora para que mi abuelo me escuche cantar a Dios (una de las cosas más bonitas que tiene mi vida) con un nudo en la garganta. Celebramos su funeral y salen a mi encuentro personas que me han acompañado siempre en mi vida, a veces visibles y a veces en lo escondido. Me vuelvo a despedir de mi abuelo y consuelo a mi familia, recuerdo que queda grabado en mi mente y en la llave que, tras la misa, acabó en mi mano. El final de todo esto, recuerdo que son caras amigas y muchos abrazos y besos, alguna llamada telefónica más y una silenciosa vuelta a casa.

Y se abre camino la Vida.

Con la llegada a casa viene la preparación de la maleta y un esperado viaje al que, he de confesar, no quería embarcarme por el reciente dolor. Pero sé que tenía que estar presente en la boda de Alfonso y Virginia (Sed muy felices ahora y siempre) y celebrar el Amor junto a ellos. Así que conduje camino a Cádiz por segunda vez en este verano. Un viaje tranquilo pero extenuante que acabó con el reencuentro con mi hermano Israel (del que ya hablé hace poco) y un plan tentador que consistía en música y grata compañía mirando las estrellas, tumbados en el suelo y escuchando la noche (y al niño del columpio). Al amanecer planeamos la ida al Puerto de Santa María a la boda y a compartir con más hermanos. La boda fue entrañable,  una mezcla entre “cuento de hadas” de Virginia y de “historia pirata” de Alfonso. La fiesta posterior fue un olvidarme de todo y bailar y bailar y cansar el cuerpo para no sentir vacío irreal y compartir con Ixcís, con la familia de Jmv y con el elenco “trovador” durante toda la noche la música y las golosinas de las que de vez en cuando me llenaba las manos y repartía con todos. Amanecí con un mensaje que decía “te olvidaste de mí, no lo esperaba todavía”. El sábado fue un día de “descanso” (por llamarlo de alguna manera) en la playa con mis hermanos, en los que a veces fui feliz plenamente pero la mayoría del tiempo me embargó la melancolía. Tengo que agradecer la compañía cuando me miré mar y estallé contra mi cuerpo (Gracias por sentarte en la orilla en silencio conmigo). El domingo fue la vuelta a Cádiz y las despedidas de nuevo, y los planes de regreso a Málaga donde he sido guía turístico y gastronómico, monitor deportivo, amigo y compañero.

Mi existencia se ha vuelto a inundar de nombres en esta última semana: Pepe (mi abuelo), Jose, Paco, Maleni, Marta, Curro, Antonio M, Trini, Sensi, Sandra, Andrés, Tony, Pepe, Paloma, Rocío, Dieguito, Juanfran, Lorena, Manme (y con ella, el resto de la comunidad de Emaús),Paula, Rocío I,  Víctor P, Maika, Silvia, Dani, Ramiro, Pedro C, Nacho, Israel, Christians, Cristina, José Luis, Javi, Daura, Claudia, Juanan, “Sor Shakira” (tenía que ponerlo…) Carmen, Ángela, Alfonso, Virginia, Maria José, Olivia, Antonio B, Fermín, Leticia, Juan, Felipe, Almudena, Román, Patricia F, Jose Antonio, Marcos, Fran, Elena, Juan S, Manolo… Todos ellos y algunos más que se me olvidan han tomado papeles en mi caótica historia y no sé cómo agradecer a cada uno de ellos el bien recibido. MUCHAS GRACIAS!!

 

Si me preguntan cómo estoy diría que “bien”, porque no sé cómo catalogar mi estado de ánimo. Lo que es seguro es que “mal” no me encuentro. Creo que se me pasó el tiempo de duelo y ya no procede llorar.

Es una sensación extraña.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Mi abuelo

092 Mi abuelo

Tengo siempre el mismo recuerdo de mi abuelo: El salón revuelto, los sofás pegados al mueble y a la cristalera y una estera de esparto desenrollada en el suelo. Mi abuelo cosía esas esteras trenzando el esparto con las manos y luego unía las tiras con una gran aguja con la que siempre me preguntaba si quería que me diera un par puntos. Pasaba las horas y las horas y a veces tenía que dejar el trabajo porque le anochecía y dejaba de ver bien. Luego tuvo que desaprender a coser esparto. Y digo desaprender porque nunca olvidó, pero sus débiles pulmones fueron más fuertes que él y tuvo que resignarse a coser cestas con plástico, más fácil para él y menos cansado.

También lo recuerdo en el campo, caminando de acá para allá buscando palmitos y tagarninas o “tagardinas” como las llamaba. Nunca supe enseñarle a decirlo bien. En ocasiones se llevaba sus trampas para pájaros, algunas hechas por él, se buscaba gusanos en las cañas para cazar pajaritos y cocinarlos, o se pasaba la mañana entera cogiendo caracoles. Muchas veces ha salió herido en sus incursiones campestres, pero él siempre decía lo mismo: “¿Esto? esto no es ná, un arañacillo”

Recuerdo también sus adivinanzas y cómo me contaba sus viajes a campillos o cuando salía de caza con la escopeta de perdigones.

Poco a poco se fue haciendo viejo. Desde que yo tengo memoria mi abuelo es viejo, pero he de reconocer que ha ido perdiendo facultades.

Hoy Dios me lo ha ganado.

Hace casi una hora que recibí la noticia. Esta mañana lo he estado viendo y lo he tenido que cuidar como Dios me ha enseñado. Ya está con Él. A partir de ahora le toca a él cuidarme, como cuando de pequeño me hacían un “hoyito” en la cama, entre mi abuelo y mi abuela, para que no pasara frío en los días de invierno, cuando mi madre y mi padre salían a trabajar.

Hoy Dios me lo ha ganado. Que me lo cuide.

 

 

 

Solo siento que no me haya escuchado cantar. Se conformó con verme en un video y llorar diciendo “Es mi nieto”

lunes, 10 de agosto de 2009

Y ya no sé

No tengo a dónde escapar.

Las paredes de mi habitación me aprietan el pecho. Su celeste claro pierde el brillo tornándose en el color del miedo, el que me lleva persiguiendo meses y meses. Y ya no sé sonreír para contrarrestarme.

Salgo a pasear a la calle y me asaltan ahogados gritos de terror de los seres que se cruzan conmigo. Los veo también en los muros desconchados, en pintadas inmundas y esparcidos por los suelos. Y ya no sé desoírme.

La ciudad se me hace pequeña, no quepo en ella. Se me aloja en las costillas y clava su aguijón en el pulmón izquierdo para notarla a cada suspiro. Y ya no sé si no suspirar por marcharme.

El tiempo me pesa. Quisiera pararlo a golpe de voluntad. Destrozo los relojes que me encuentro en mi camino. Miro al sol con ira ordenándole que se detenga ahí arriba, que no alcance el oeste. No quiero más cuentas atrás. Y ya no sé descontarme.

En ese lugar que llaman casa huele a tristeza. Las marquesinas de las puertas, húmedas de llanto, crujen quejándose por las caras que pasan a su lado. Casi todo es silencio y pesadumbre. Vivimos porque nuestro corazón late, pero somos muertos de pena. Y ya no sé no ser.

Dios está ocupado. Hay tantas cosas que hacer… Me mira en silencio esperando que le hable. Y ya no sé rezar.

 

 

(por favor, no comenten)

domingo, 9 de agosto de 2009

Levántate, come.

«Caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo:

- “¡Basta ya, Señor! Quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres”.

Después se recostó y se quedó dormido. Pero un ángel del Señor llegó a despertarlo y le dijo:

- “Levántate, come”.

Elías abrió los ojos y vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y un jarro de agua. Después de comer y beber, se volvió a recostar y se durmió.Por segunda vez, el ángel del Señor lo despertó y le dijo:

- “Levántate, come, porque el camino es superior a tus fuerzas”.

Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.»

1 Reyes 19, 4-8

A veces me siento Elías, cansado y con ganas de dejar todo a un lado, de dejar la Vida y resignarme a tener una mediocre existencia.

Pero Dios no me deja tranquilo, me envía ángeles y me da de comer, se calla cuando arremeto contra Él y le grito que me deje en paz con mi elección de muerte, y además me pone en camino hacia el lugar donde me he de encontrar con Él.

Prueba de ello es la lectura de esta tarde, triste por circunstancias. Él, que sabe mi debilidad por este profeta, me hace oír las palabras de aliento del ángel a Elías como si para mí fuesen dirigidas.

¿Qué querrá?